Homilía en su Toma de Posesión Canónica de la Diócesis de San Fernando.

Excmo. Mons. Alfredo Enrique Torres Rondón,

Obispo de San Fernando de Apure

San Fernando 08 de Octubre de 2016.

 

“El Obispo como pastor y esposo de la Iglesia debe obrar como padre, hermano, y amigo de todos, obra como Cristo, ministro que lava los pies, testigo y constructor del reino, maestro pontífice y cabeza. Intercesor ante Dios, ora por su Pueblo. Se le pide ser signo de unidad, confirmar en la fe a los hermanos, preocuparse de manera especial de quienes dejándolo todo quieren seguir la vocación al ministerio”.

Sirvan estas breves Palabras del Concilio Plenario de Venezuela, en el Documento “Obispos, Presbíteros y Diáconos al servicio de una Iglesia en Comunión” (n. 59) como mi lema inspirador de este servicio episcopal que el Santo Padre, Francisco, a través de la palabra paterna del Sr. Nuncio Apostólico, Mons. Aldo Giordano, presente en este momento, ha tenido a bien encomendarme a esta porción del pueblo de Dios.

Doy infinitas Gracias al Señor, porque ha mirado mi pequeñez para tan grande responsabilidad. Vengo dispuesto a luchar codo a codo con el fervoroso pueblo de Dios, encabezados por su valeroso clero apureño, a cruzar caminos y ríos en busca de las ovejas que necesitan de mi presencia.

San Pablo nos lo recuerda en esta segunda lectura, todos nos necesitamos y hay puesto para todos desde lo propio de cada uno. Ya le dije a los organizadores, no vengo a buscar comodidades, sino a servir, inspirado siempre en el estilo del buen pastor, cristo nuestro Señor, que he visto traducido en práctica pastoral en mi Arzobispo Baltazar Porras. Gracias Baltazar por tus inolvidables lecciones… No puedo sino pedir la sabiduría de lo alto para apacentar el rebaño con el cayado del amor y la caridad. A Mons. Víctor Manuel Pérez, por el testimonio de 15 años de pastoreo, recorriendo la Diócesis y haciendo posible la fundación de la nueva Diócesis de Guasdualito, así como a los obispos que me precedieron, mi antiguo Párroco Mons. Roberto Dávila y a Mons. Mariano Parra, aquí presente, han hecho posible lo que hoy cosechamos en una Diócesis en desarrollo esperanzador.

La presencia de todos ustedes, fieles apureños, mis hermanos en el episcopado, mis hermanos del clero merideño, los hijos míos de la Pastoral Familiar y miembros de grupos de apostolado de Mérida, mi familia, hermanos, hermanas y sobrinos que me acompañan, parte del Equipo de Curia Arzobispal merideña, ponen la nota de esperanza y de fortaleza que necesito al inaugurar este servicio en estos llanos hermosos y soleados pero desconocidos para mí, que en cuarenta años de ministerio Sacerdotal no había salido del ande empinado. Infinitas Gracias a las comisiones, tanto de los fieles como del clero que no han menguado esfuerzos para que estos momentos sean tan agradables y fraternos.

Suba el incienso y la oración emocionada de esta mañana, al altísimo omnipotente, como nuestra alabanza al ofrecer el sacrificio único agradable al Padre, el de Jesucristo el Señor, y de la mano de la Santísima Virgen del Carmen, copatrona de esta Iglesia y que con la Luz del Espíritu Divino, pueda responder a la altura, en la caridad las naturales expectativas de crecimiento en la fe de todo el pueblo que busca al Señor. Dios nos bendiga.

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