Homilía en la Solemnidad de San Fernando Rey.

Mons. Alfredo Torres – 27 de Mayo de 2017.

 

Queridos hermanos:

Todo honor y Gloria al Padre de la Misericordia, que en este día nos congrega alrededor del Altar de la Catedral para elevar el Cáliz de la Salvación y oír su Palabra con motivo del Santo Patrono de la Ciudad y de la Diócesis, San Fernando Rey. Su historia nos recuerda un hombre que tomó en serio su vida cristiana y su misión, en su caso como gobernante naturalmente al estilo de la época, pero brilló por sus virtudes y en medio de su oficio aplicó la justicia, se preocupó por extender el reino de Dios.

Relata la historia que fue propulsor de construcción de Templos y Catedrales, como la hermosa de Burgos y propició la fundación de la importante Universidad de Salamanca, paradigma mundial de la búsqueda de la verdad científica y teológica, que perdura en nuestros días. Acota su historia un detalle de su vida, que propició en su reino, dice el relator de su biografía, que propició el buen hablar e impulsó el idioma castellano. Hoy necesitamos ese buen hablar para compartir y expresar nuestras opiniones con libertad, respetando las opiniones de demás en orden a la verdad. Su nombre es el epónimo de nuestra Diócesis y de nuestra ciudad.

En su día, oyendo el Evangelio de San Juan, no podemos menos que pedir al Dios Padre de la Misericordia y elevar hoy nuestras peticiones fervorosas que redunden en abundantes bendiciones para todos. Qué mejor que rogar hoy, que bendiga nuestra patria con buenos y justos gobernantes que propicien el desarrollo y el bienestar de todos. Nuestra sociedad se debate, ciertamente, en búsqueda de mejores oportunidades para todos, y todos debemos estar dispuestos a dar nuestro aporte desde la sencillez del ambiente en que vivamos.

No podemos olvidar tantas luchas y enfrentamientos que nos duelen en el alma y en el corazón. La Conferencia Episcopal, ciertamente, siendo justa y consecuente con sus enseñanzas lo ha dicho así al pueblo cristiano y a toda Venezuela: no nos anotamos en la peligrosa aventura de una nueva constitución, cuando en realidad la que tenemos, habían dicho, era la mejor del mundo; lo que necesitamos es aplicarla y propiciar proyectos que traigan comida y bienestar para todos, es lo que el Pueblo en este momento está pidiendo a lo mejor sin poder expresarse.

Entre tantas enseñanzas, que podemos concluir de todos estos años, es el deber de nuestra participación ciudadana cuando se nos exija. La indiferencia puede traer consecuencias muy nocivas para todos. Cuantas veces oía uno, cuando había elecciones: “yo no voy a participar, y eso para qué, eso al fin y al cabo siempre ganan los mismos”, y esa indiferencia hoy, de repente la pagamos muy cara. Que el Señor nos depare buenos gobernantes que promuevan el bien común, no sólo el bien para unos pocos y adeptos, sino para todos. Pidan y recibirán, nos decía hoy el evangelio. Lo pedimos al Señor.

San Pedro en su primera carta nos alienta y anima a la esperanza y de manera especial expresada en el amor a los demás, porque hemos sido rescatados de una vida vacía y del pecado, por el precio de la sangre redentora de Jesucristo. No tiene sentido que hermanos de una misma Patria salgamos dispuestos a matar y aplastara los demás, no tiene sentido cuando el llamado es a amarnos los unos a los otros.

La fiesta Patronal nos mueve a todos en ambiente de fiesta religiosa a participar con muchas iniciativas. Yo siempre he dicho que la fiesta Patronal es la mejor prueba de cómo anda la Parroquia, en participación, en alegría, en entusiasmo, tomando en cuenta a todos. Todo esto que disfrutamos en esta mañana es fruto de la participación y la generosidad de tantos hermanos que a raudales dan de su sacrificio para que todos demos Gloria a Dios. Hoy  nos alegramos, porque en el marco de la fiesta, constatamos también la valiente decisión de un grupo de nuestros fieles de prepararse para enrolar en nuestra Iglesia las filas de quienes desean entregar parte de su vida y de sus compromisos al servicio del Evangelio. Amén de tantos hermanos y hermanas, de todas nuestras parroquias, de juventud y hasta de niños que desde sus grupos de Apostolado promueven el bien y el amor a los hermanos.

Que esta fiesta, sea un entusiasmarnos y unirnos más como Iglesia Católica, con sus pastores para que la siembra del Evangelio, diga dando los frutos de fraternidad y vida para el bien de todos y gloria del Señor.

Que así sea.

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